¿Experiencia profesional vs título académico? Casi el 30% de los billonarios del mundo no tiene licenciatura. A veces, la mejor universidad es el mercado.
Hace más de una década tuve una comida que me costó un cliente. Bueno, más bien fue mi bocaza.
Era un hombre de mi edad, heredero de una empresa familiar, dinero viejo, modales calibrados. Me buscaba con frecuencia. Quería mi criterio, escuchaba mis argumentos, valoraba lo que yo veía que otros no veían. Pero había algo en la forma en que me miraba. No era desprecio, era algo más sutil y más difícil de nombrar. Era la condescendencia de quien cree que te está haciendo un favor al sentarse contigo.
En un momento de esa comida, lo nombré. Le dije algo así: nos miráis como si vuestra protección frente al espejo fuera hacernos sentir por debajo. Pero el talento lo tenemos nosotros. Venís a nosotros para pedirnos el trabajo que después utilizaréis.
Se acabó la comida. Se acabó el cliente.
Y yo salí de allí más ligero. Porque hay precios que merece la pena pagar. Ese fue uno.
Sentí dolor por él, sincero, sólo espero que ese dolor, agravio o lo que fuese lo que sintió él, le produjese un valor similar al que sentí al expresar lo esencial del mensaje.
Lo cuento porque aquella comida me enseñó algo que desde entonces veo en todas partes, en entornos profesionales, académicos, institucionales, empresariales, en cualquier lugar donde el prestigio social y el valor real no coinciden, que es casi siempre.
El expediente académico mide inteligencia. Y también mide miedo
Suelo mantener contacto con compañeros de la Universidad, observo y les traslado mi conclusión a los que obtuvieron mejores notas, una demostración de personas brillantes a las que admiro genuinamente, algo que quizás les incomoda: los más inteligentes acaban ganando menos dinero.
Suelen agotar la edad de jubilación en lugares que soñaron a los 20 años pero que los hace infelices a los 50, y grises a los 60.
No lo dije por provocar. Lo dije porque creo que es verdad, lo veo, y porque vale la pena pensar por qué.
Los mejores expedientes académicos acaban siendo seleccionados por las grandes corporaciones. Lógico. Son perfiles de bajo riesgo, predecibles, optimizados para rendir dentro de estructuras. Intercambian rentabilidad por seguridad. Sus notas son su red de protección, un dato adelantado de su alta capacidad cognitiva, de estructura lógica, pero quizás con déficit de intuición, y esa red tiene un coste que muchos no calculan hasta tarde.
Pero, cuidado, si optas por ser una pieza valiosa de un engranaje, en eso te convertirás. De hecho elegiste el sistema educativo, aprendiste las reglas de su juego, y en él siguió la partida el resto de tu vida. No es ni bueno ni malo. Es lo que es.
Los que no tuvimos ese expediente salimos al mercado sin red. Trabajos de cuarenta horas con contratos de quince. Jornadas que no aparecen en ningún convenio. Clientes que te enseñan más en seis meses que tres años de aula. Ese recorrido no se gradúa, termina con «honoris causa» en la vida. Pues forja algo que ningún tribunal puede evaluar: criterio real, construido a golpes de realidad.
Aprobar exámenes reglados mide la capacidad de adaptarse a un sistema. No mide la inteligencia para crear uno propio.
A quién deberías seguir según lo que quieres
Aquí está la pregunta que nadie formula con claridad suficiente: ¿seguir a quién, para qué?
Si quieres publicar investigación relevante, sigue al catedrático. Si quieres dominar la técnica de tu campo, sigue al mejor técnico. Pero si lo que quieres es libertad financiera, seguir al más brillante académicamente es un error de categoría. Es como pedirle a un gran nadador que te enseñe a escalar.
La excelencia técnica y la capacidad de generar riqueza son habilidades distintas. A veces coinciden. Con frecuencia no. Y confundirlas tiene un coste real.
El que ya ha creado empresa, el que ha construido algo desde cero, el que ha sobrevivido al mercado sin red institucional, ese tiene algo que no se aprende en ningún programa de doctorado: sabe lo que cuesta y sabe lo que vale.
Ser mejor técnicamente no significa ser mejor holísticamente.
El entorno que te hace crecer no es el más brillante. Es el más honesto contigo.
Hay una arquitectura de relaciones que funciona y que nadie dibuja con claridad.
Necesitas un 20% de personas que ya han llegado donde tú quieres ir, no para impresionarte, sino para ahorrarte cicatrices innecesarias.
Necesitas un 60% de pares reales, gente en tu misma liga con la que competir sin red. Entre iguales, con la justicia de los resultados medibles.
Y necesitas un 20% a quienes enseñar, con los que debes ser generoso, porque si no puedes explicar lo que sabes a alguien que empieza, es que aún no lo sabes del todo. Y ten por seguro, que eso son semillas que darán sus frutos, siempre.
Lo que no necesitas es un entorno que te trate como recurso mientras te hace sentir que te está haciendo un favor.
La diferencia entre colaborar y ser utilizado con elegancia no siempre es obvia. Pero cuando la ves, no se olvida.
Lo que aquella comida me dejó
No guardo rencor de aquella comida. Al contrario. Fue una de las más útiles de mi vida profesional, precisamente porque me costó algo.
Desde entonces tengo una pregunta que me hago cada vez que evalúo un entorno, una colaboración o una relación profesional: ¿me tratan como lo que soy o como lo que les resulta útil que sea?
La respuesta no siempre es cómoda. Pero siempre es necesaria.
Y si estás leyendo esto y reconoces la dinámica, ya sea porque la has vivido desde mi lado o desde el otro, quizás esta sea una buena ocasión para hacerte esa misma pregunta.
Sin trampa
Escúchate en una habitación vacía, sin eco, con el sonido que se termina tras pronunciar cada palabra. Es terapéutico.
