NEOFEUDALISMO Te dejaron votar. Te quitaron todo lo demás.

por Abel Marín
neofeudalismo

El nuevo feudalismo no llega con castillos. Llega con formularios, directivas y funcionarios. Te dejaron votar. Te quitaron todo lo demás. Es el Neofeudalimo, y tiene sus estandartes.

El gallinero que desapareció solo

Hasta hace un años, mi tío tenía gallinas. Las casas de alrededor también. Huevos que sabían a huevos — no a cartón industrial con fecha de caducidad y código de barras. Un día desaparecieron los gallineros.

Nadie los quemó. Nadie mandó una orden de derribo. Los quitaron solos, reglamento a reglamento, inspector a inspector, hasta que tener cuatro gallinas en el campo se convirtió en un trámite imposible para gente normal.

Eso es el neofeudalismo. No llega con tambores. Llega con formularios.

El salario mínimo y la pobreza con rueda de prensa

Hace veinte años el 1.200€ al mes era un mal sueldo. Hoy sigue siendo un mal sueldo — solo que ahora se llama logro social y viene con rueda de prensa.

La gente es pobre. No relativamente pobre, no estadísticamente pobre: pobre de no llegar, de no ahorrar, de no poder irse aunque quiera. Pobre de depender.

La vivienda no se compra. Se aspira. Y mientras se aspira, se alquila a precio de señorío a los últimos artesanos que sobreviven con esa renta a sus escasas pensiones de jubilación.

El señor feudal al menos era visible. Vivía en el castillo. Podías señalarlo.

El poder sin cara

El nuevo orden no necesita castillos, pero los nuevos señores pululan y medran en grandes rascacielos, y sedes en Palacetes rehabilitados.

Necesita BOEs, directivas europeas, consejerías, criterios discrecionales de funcionario con poder de interpretación y sin responsabilidad por el daño que causa.

La libertad no te la quitan de golpe — eso generaría resistencia. Te la quitan en cuotas. Una tasa aquí. Un requisito allá. Una normativa de bienestar animal que convierte a tu abuela en infractora potencial por tener seis gallinas en una finca.

La servidumbre moderna no huele a estiércol ni a paja. Huele a papel oficial.

¿Quién ha votado a Ursula Von der Leyen?

Nadie. ¿Y a los miembros del Consejo Europeo que deciden sobre tu vida, tu energía, tu agricultura, tu dinero? Tampoco nadie. Cero votos. Poder real todo, legitimidad cero.

Te dejaron votar cada cuatro años a los que ejecutan lo que otros deciden. Eso no es democracia. Es la apariencia de democracia — que es exactamente lo que necesita el feudo moderno para funcionar sin resistencia.

La clase media no murió de un disparo

La han asfixiado despacio. Burocracia a burocracia. Cuota a cuota. Reglamento a reglamento.

El artesano tenía herramientas. El comerciante tenía clientela. El campesino con un huerto y gallinas tenía huevos que sabían a huevos, y legumbres y hortalizas que no sabían a plástico. Todos tenían algo que no dependía de un permiso, de un fondo de inversión ni de una directiva de Bruselas.

Eso es lo que se ha destruido. No la clase media como nivel de consumo — eso todavía resiste, financiado a plazos. Lo que se ha destruido es la clase media como capacidad de decir no.

El vasallo moderno

No está atado a la tierra. Está atado a la hipoteca, a la plataforma, al subsidio, al criterio del inspector y al reglamento que nadie votó.

Y mientras tanto, le dejan votar. Y la brecha crece, la soga se aprieta.

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