El coste de tener principios y el beneficio de tener ideología

por Abel Marín
principios ideas

Hace poco intuí que se había roto algo con un colaborador profesional. No por el trabajo. El trabajo era bueno. La ruptura, si es que lo es, parece venir de otro sitio. No es el primero, tampoco será el último, distingue basarse en principios o en ideología.

Lo llamo intuición porque no tengo certeza. Y precisamente esa incertidumbre me obliga a pensar.

Mi hipótesis es esta: no comparte mis ideas (realmente son principios, pero él no los distingue). Y al confundirlos, al considerar que son las misma cosa, abomina mi persona. Aceptarme le lleva a una errónea incoherencia que no puede ni quiere repensar.

Una lástima, De verdad. Pero nada nuevo bajo el Sol, en este mundo polarizado, el pensador crítico debe ser quemado en la hoguera, apartado como un apestoso e incomodo compañero.

Son cosas distintas. Muy distintas.

La ruptura que no tiene que ver con el trabajo

El reproche, si existe, es ad hominem. No pro effectu operis.

No se juzga la obra. Se juzga al autor.

Es algo que ocurre con frecuencia y que tiene una lógica interna comprensible: si no compartes mis intereses, si no formas parte de mi tribu ideológica, entonces lo que produces —aunque sea bueno— me resulta incómodo.

Porque reconocerlo implicaría reconocerte. Y reconocerte implicaría cierta legitimidad que prefiero no concederte.

Ocurre con la música, con la literatura, con el periodismo, con las opiniones. Ocurre también en el derecho y en los negocios. Negar el arte del autor porque no compartes su ideología es una forma antigua de hacer las cosas. Y curiosamente, una forma que se presenta siempre como progresista.

Adoro a la obra de Joaquín Sabina, no comparto su ideario. Pero aprecio a la persona, me gusta. Pero discrepo.

Principios e ideología: una distinción que importa

Quienes me conocen saben que cambio de ideas con cierta frecuencia.

No porque sea voluble. Sino porque cuando la evidencia contradice una idea que sostenía, la abandono. Lo llamo rectificar. Y creo que rectificar dignifica.

Lo que no cambio son los principios. La verdad importa. La justicia importa. La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace importa. Esos no son negociables. No porque yo lo decida, sino porque son anteriores a mí. Y seguirán cuando todos dejemos este teatro de la vida.

La ideología es otra cosa. La ideología es el conjunto de ideas que organiza los intereses de un grupo.

El estatismo, el socialismo, el libertarismo, el nacionalismo de cualquier signo. Todas tienen una lógica interna. Todas responden a intereses reales de personas reales. Y todas —sin excepción— son legítimas mientras reconozcan los límites que los principios imponen.

El problema aparece cuando la ideología deja de reconocer esos límites. Cuando se convierte en sistema cerrado. Cuando deja de juzgar ideas y empieza a juzgar personas. Cuando su función principal ya no es describir la realidad sino justificar el modus vivendi de sus afines. A veces, incluso, para justificar su nómina.

Ahí la ideología muta en algo más peligroso. En idiocracia con nombre propio. Del dogma al fanatismo. La mayoría por debilidad mental otros por orgullo de no querer auto cuestionarse, rectificar. Ni aceptar los que sus propios ojos ven.

La gravedad no negocia con el terraplanismo

Permíteme un ejemplo burdo, pero útil.

La gravedad es un principio. Existe con independencia de que los humanos existamos o no. La Tierra acumula masa de forma inconmesurable y atrae más masa desde su centro de forma radial. Por eso tienen una formar esférica como el resto de planetas y estrellas. Eso no es una opinión.

La idea de que la Tierra es plana es una construcción humana. Durante siglos fue doctrina oficial. Contradecirla costó la vida a personas que simplemente observaban la realidad con más honestidad que sus contemporáneos.

Las ideas, tarde o temprano, ceden ante la evidencia. Los principios, no.

Lo mismo ocurre en el terreno de los principios humanos. La verdad no negocia con la narrativa conveniente. La justicia no desaparece porque un grupo decida ignorarla. Puede tardar. Puede costar. Pero los principios terminan imponiendo su criterio.

El beneficio real de la ideología

Sería deshonesto no reconocerlo.

La ideología tiene beneficios reales. Da tribu. Da identidad. Da cobertura en momentos de vulnerabilidad. Protege. Cohesiona. Permite actuar de forma coordinada con otros que comparten tus intereses. Y justifican nóminas públicas, estatus legal, prestaciones y subsidios.

Lo entiendo, lo acepto, pero no lo comparto.

Quien opera desde principios, en cambio, muchas veces acaba solo. Porque los principios no dan tribu automática. No garantizan que los tuyos te defiendan. No ofrecen el calor de pertenecer a algo más grande que uno mismo.

Ese es el coste real de tener principios. No es menor. Es quedarte solo. Perder oportunidades, pero entrar en el selecto grupo de gente como uno mismo, estar entre pares no, ideológicos, sino éticos. Eso es lo valioso.

Y es, probablemente, lo que explica que tanta gente inteligente termine eligiendo la ideología sobre los principios. No por maldad. Por comprensible necesidad humana de pertenencia, por supervivencia, por «estatus» pagando con tu felicidad plena.

Lo que espero que el tiempo aclare

Escribo esto sin certeza sobre lo que ha ocurrido realmente. Que espero que no se materialice del todo, porque creo en el ser humano.

Es posible que me equivoque en mi lectura. Es posible que la ruptura tenga otras causas que no veo. Es posible que quien se ha alejado tenga razones que aún no comprendo.

Pero hay algo que sí sé: quien opera desde principios es reconocible. Sus contradicciones son visibles precisamente porque hay un baremo contra el que medirse. Quien opera desde ideología, en cambio, puede mutar con más libertad porque el baremo se mueve con él.

Eso me hace predecible. Y a veces, vulnerable. Siempre incómodo, ergo me sale caro en términos sociales, pero valioso en términos personales. La única sentencia que me dolería es la de mi autoestima.

Espero que quien se ha distanciado sepa, con el tiempo, distinguir entre no compartir mis ideas —cosa legítima y bienvenida— y no compartir mis principios —cosa que tendría que demostrarse con argumentos, no con silencio o distancia.

Las ideas mutan. Los principios permanecen.

Y la gravedad, al final, siempre gana.

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