Así pierdo amigos, que no son tan amigos.

por Abel Marín
ignorancia voluntaria

Le mandé un artículo a un amigo que le interesa rentabilizar sus ahorros, o al menos eso dice. Listo, con criterio, de los que ven las cosas. Alguien que sabe perfectamente que la mayoría de la gente no estudia, no ahorra y luego se pregunta por qué no avanza.

Me respondió que sí, que claro, que el problema es que la gente no llega a fin de mes.

Le pregunté si usaba inteligencia artificial.

Me dijo que no. Que era casi una desconocida para él.

Le ofrecí enseñarle. Una masterclass. A cambio de una sola cosa: contratar la suscripción de pago de una herramienta — lo que cuestan tres cajetillas de tabaco al mes, de esas que se fuma una al día— y usarla durante un mes, en el móvil y en el ordenador. Un mes. Y luego le enseño a usarla bien.

Me dijo que cuando nos viéramos se lo contara mejor. No sé qué espera que le cuente, sólo le preguntaré ¿A cuál I.A. te has suscrito?

Si me dice que a ninguna, cambiaré de tema. Expiró mi oferta.

Si me dice que sí, y me muestra el uso que le ha dado, podré impartir la clase con mínimas garantías de que hay interés. Un alumno sin interés no aprende.

Ahí lo dejé.

Me dijo que no pensaba que le sirviera de mucho, Le contesté que no sabía lo que estaba diciendo. Que no le iba a volver a ofrecer mi tiempo y conocimiento. Que tengo cola. Y que lo que hiciera o dejara de hacer con su tiempo y su dinero era su autorresponsabilidad, no la mía.

Luego, como siempre, vino lo del sistema, la maldita sociedad de consumo, etc.

La ignorancia que te imponen y la que te pones tú solo

Durante siglos la ignorancia fue una imposición real. No sabías porque no podías saber. No tenías acceso a los libros, a los maestros, a la información. Nacer en el lugar equivocado, en la familia equivocada, en el momento equivocado era una condena de la que salir costaba una vida entera. Eso ocurrió. Dejó una herida larga en la historia. Y entenderlo es necesario.

Pero hoy no es así.

Hoy el conocimiento útil es gratuito. Y si quieres calidad de verdad — herramientas que te multiplican, que te ayudan a pensar mejor, a trabajar mejor, a tomar mejores decisiones con tu dinero y con tu tiempo — el precio es ridículo. Tres cajetillas de tabaco al mes. Tres.

Lo que ha cambiado no es el acceso. Es la excusa.

El sistema, las élites, el mercado — y la puerta abierta

Porque hay una trampa muy cómoda que conozco bien.

La del que tiene siempre un culpable a mano. El mercado, que es una jungla. Las élites, que lo controlan todo. El sistema, que está diseñado para que no salgas. La desigualdad estructural, que te condena desde que naces. Todo eso existe, en distintos grados, y negarlo sería una estupidez.

Pero hay un momento en que el diagnóstico deja de ser una herramienta y se convierte en una habitación. Cierras la puerta, te instalas dentro y desde ahí explicas el mundo sin moverte. Y lo más curioso es que ese mecanismo no es patrimonio de ningún bando — el que quiere todo para el pueblo y el que quiere todo para la nación hacen exactamente lo mismo: buscan una estructura que les absuelva de actuar.

Mi amigo tiene ese diagnóstico muy afilado. Lo del mercado, lo de las élites, lo del sistema. Lo explica bien. Convence. Y mientras lo explica, la puerta sigue abierta. Y las tres cajetillas siguen en el bolsillo.

Yo también estoy en el bombo

Y yo le digo: oye guapo, yo también estoy en el bombo de la sociedad. Pero sé que no todas las bolas llegan a ser el premio, sobre todo las que no quieren hacer nada por salir.

Tengo un máster en equivocaciones. No lo cursé online. Y lo que me ha enseñado es esto: saber que deberías y no hacer nada es más caro que no saber — porque ya no tienes excusa. Solo tienes una coartada.

No le voy a volver a ofrecer.

Así pierdo amigos. Que no son tan amigos.

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