En el artículo anterior sostuve que el despilfarro energético tiene solución incómoda pero natural. Que cuando el precio suba, el consumo discrecional desaparecerá solo. Que el mercado hará lo que la conciencia ecológica nunca consiguió. Sin política. Sin sacrificio. Pero con el drama hiperventilado del clickbait habitual y excusa política para continuar a la gresca. Y qué mejor ocasión que la crisis del petróleo por el cierre del estrecho Ormuz
Era una tesis razonable.
Pero tenía un supuesto implícito que conviene nombrar: que el ajuste sería gradual.
No siempre lo es.
Veinte millones de barriles al día por un corredor de 34 kilómetros
Cerca del 20% del consumo mundial de petróleo transita por el estrecho de Ormuz cada día: veinte millones de barriles. Una quinta parte del gas natural licuado comercializado en el mundo pasa también por ahí, principalmente desde Qatar.
Antes del conflicto, entre cien y ciento treinta barcos cruzaban el estrecho a diario. En la semana del 13 al 19 de abril apenas ochenta lo hicieron en total. No al día. En toda la semana.
El precio del gas natural subió casi un 50% en Europa y un 40% en Asia. La gasolina en Estados Unidos se ha encarecido un 50% desde el inicio de la guerra. El Banco Mundial advierte que el tráfico no se normalizará hasta finales de 2026.
Esto no es una proyección. Es lo que está ocurriendo mientras escribo.
Un shock no es una subida de precio
Un precio que sube gradualmente da tiempo. Los consumidores se adaptan: compran coches más eficientes, reorganizan hábitos, rediseñan cadenas de suministro. Eso tarda meses, a veces años. Es incómodo pero es manejable.
Un shock corta el suministro en días.
Y entonces no hay tiempo para adaptarse. Hay desabastecimiento, pánico y colapso de cadenas que llevaban décadas funcionando sobre el supuesto de que ese corredor de 34 kilómetros estaría siempre abierto.
Los principales traders de petróleo del mundo lo han dicho sin ambigüedad: tres meses de cierre y el mundo entra en recesión.
La tesis del ajuste silencioso y eficiente requiere tiempo. Ormuz no da tiempo. ¿o sí?
El mismo precio, tres realidades distintas
Pero hay una segunda grieta. Más profunda que la primera.
Cuando el precio de la energía sube, no todo el mundo elimina lo mismo.
El ciudadano europeo con margen económico elimina el capricho. Conduce menos, pide menos paquetes, revisa la factura de la luz. Incómodo. Ajustable. Reversible.
Pero hay otro europeo. El que llega justo. El que cuando vence la cuota tiene que decidir entre la luz, el gas, la hipoteca, el gasto en gasolina o salir a cenar fuera. Y unos pocos que son más prudentes quizás este mes no aporten nada a su plan de ahorro. Para todos ellos, la subida de precio no elimina un capricho. Elimina el margen que le había costado construir.
Y luego está el ajuste que hacen quienes no tienen margen de ningún tipo.
Para los países del Golfo Pérsico, Ormuz no es una ruta energética. Es un salvavidas para más de cien millones de personas. Con temperaturas que superan los 50 grados en verano y poca tierra cultivable, la mayor parte del agua potable proviene de plantas desalinizadoras que necesitan energía. La mayor parte de los alimentos deben importarse por mar.
Pero el problema no se limita al Golfo. Es estructural y global.
Cuando el precio de la energía se dispara, el agricultor que usa fertilizantes derivados del petróleo no puede permitirse la cosecha. La familia que calienta su casa con gas no elimina un capricho: elimina el calor. El pequeño transportista que vive de su furgoneta no reduce un hábito: pierde el trabajo.
Para ellos, la crisis del petróleo no es un ajuste. Tiene otro nombre.
¿Drama o no?
La misma subida de precio produce tres realidades distintas: para unos, una incomodidad que el mercado resolverá con elegancia. Para otros, una decisión imposible al final de cada mes. Para los de más allá, una crisis que el mercado no resuelve, porque el mercado no está diseñado para resolver lo que ocurre cuando no hay margen.
Depende de quién seas y dónde estés.
Y esa respuesta, que parece obvia una vez formulada, raramente aparece en el debate energético racional. El debate que protagonizamos los que podemos permitirnos debatir relfexivamente.
Quizá la pregunta correcta no es si habrá drama.
Quizá la pregunta correcta es: ¿para quién?
