Fanatismo: el refugio del que no soporta pensar

por Abel Marín
fanatismo

El fanatismo no es exceso de convicción, sino miedo al vacío. Un análisis directo sobre cómo el ser humano convierte sus creencias en refugio identitario.

Recuerdo hace más de diez años como en una conversación sobre liturgias católicas, un señor notario, culto, inteligente y profundamente beato, tuve la temeraria idea de decir: «no creo que Dios exista, no al menos como la religión lo describe». Su reacción fue del todo desproporcionada, me contestó gritando: «usted no tiene ni idea». Nunca más volví a esa notaría, la estupidez es peligrosa.

Lo mismo me sucedió hará quince años con un musulmán que durante un buen rato me estuvo «evangelizando», hasta que con intención de que me dejara en paz le dije: soy ateo (en realidad no lo soy).

Su cara se desconfiguró. Estábamos en un sala a punto de firmar una compraventa, yo era el apoderado del fondo de inversión que vendía el chollo a ese señor, en otro entorno creo que la situación hubiera derivado en violencia.

Ahora entiendo que mis palabras amenazaban a toda su existencia. Eran unos fanáticos, educados, formales, pero muertos de miedo.

Miedo a la vida: el origen del fanatismo

El ser humano piensa. Y ese es su problema.

Porque pensar no es solo razonar. Es anticipar. Es proyectar consecuencias. Y lo más duro: entender que cada decisión tiene un coste, que cada acción abre una puerta… y cierra otras.

Y eso pesa.

Tenemos miedo a pensar porque nos aterra acertar… y tener que asumir lo que viene después.

Tememos equivocarnos sin red. Tememos no tener a quién culpar.

Es decir, en realidad nos aterra, en el fondo, la responsabilidad de existir sin guion. Saber que naces solo, vives solo, y en soledad tienes que tomar tus propias decisiones, pagar el precio de tus actos (y de tus indecisiones e inacciones).

Y ese temor no siempre paraliza a todos, pero empuja a muchos.

El grupo: la primera rendición

Nadie soporta demasiado tiempo la incertidumbre en soledad.

Así que el individuo hace lo que lleva haciendo desde siempre: busca refugio.

Lo encuentra en el grupo.

Ahí la duda se diluye. La responsabilidad se reparte. La angustia se vuelve compartida. Ya no decides solo, ya no cargas solo.

Y eso tranquiliza. Ir de bulto y atribuirte los éxitos de los tuyos y culpar a los otros.

Pero también es la primera renuncia. Porque el grupo no sólo protege. También condiciona. Te controla y te amenaza si lo abandonas, si lo cuestionas.

El nacimiento del sistema de creencias

El siguiente paso es casi automático.

El individuo adopta —o construye, con ladrillos ajenos— un sistema de creencias. Un marco que le explica cómo funciona el mundo.

Pero no lo hace para entender la realidad. Lo hace para reducirla. Para hacerla manejable. Predecible. Para soportar su vida.

Porque la realidad, sin filtro, es incómoda: ambigua, contradictoria, abierta. Y dura, muy dura y frustrante.

Su sistema de creencias simplifica la realidad, que en verdad es compleja. Y en esa simplificación encuentra alivio al pánico de tener que pensar, al temor a recordar que eres responsable de tu vida singular, propia, única.

Cuando la creencia deja de ser una idea

Aquí ocurre el punto de no retorno. Pasa a ser algo que eres. La creencia deja de ser algo que tienes.

Ya no es una herramienta para interpretar el mundo. Es la estructura que sostiene tu identidad. Tu paradigma vital, tu cosmovisión: «las cosas son así, punto»

Y en ese momento, cuestionarla deja de ser un ejercicio intelectual. Se convierte en una amenaza existencial.

El ego como prisión

Desde fuera parece que el fanático defiende ideas. Desde dentro, lo que defiende es mucho más básico: se defiende a sí mismo.

Por eso no admite grietas. Ni matices. Ni contradicciones. Porque una sola fisura no pone en duda la idea. Pone en duda todo lo que ha construido sobre ella.

Y eso no es un debate. Es un riesgo existencial.

Cambiar de creencias no es aprender: es perder

Se suele decir que cambiar de opinión es signo de inteligencia. Desde fuera, sí. Pero desde dentro para el fanático, no.

Desde dentro, cambiar de creencias es desorientarse. Es perder referencias. Es quedarse sin narrativa. También es, en muchos casos, quedarse sin identidad.

Y sin tribu a la que pertenecer porque sin ellos su mundo pierde sentido, y debe enfrentarse a repensar, a auto cuestionarse.

No se vive como evolución. Se vive como muerte. No de la idea, sino del personaje que esa idea sostenía.

La radicalización: defensa, no convicción

Aquí aparece el fanatismo. No como exceso de fe.

Sino como mecanismo de defensa. Cuanto más cerca está la duda, más fuerte es la afirmación.

Cuanto más frágil es la identidad, más rígida se vuelve. Esa identidad no es la del niño que era, sino la del ego adulto en que se ha convertido.

El fanático no grita porque esté seguro. Grita porque no puede permitirse dudar.

El mundo reducido a dos opciones

El mundo real es complejo. El fanático no puede vivir ahí. Necesita simplificar:

bien o mal
verdad o mentira
nosotros o ellos

No porque la realidad sea así. Sino porque necesita que lo sea. Su ego muere si la realidad no es coherente con él. Todos necesitamos coherencia con nosotros mismos.

Entre el todo y la nada no hay pensamiento. Hay refugio. Necesita negar cualquier idea que desmonte su realidad.

El ridículo individual y la legitimidad colectiva

A nivel individual, el fanático es evidente. Todos conocemos a alguien que lo sabe todo, que siempre tiene razón, que lo tiene claro, que no duda jamás. Produce vergüenza ajena.

Pero cuando ese mismo patrón se diluye en el grupo, ocurre algo curioso. Deja de parecer ridículo. Se vuelve normal. Incluso respetable.

El grupo elimina el espejo. Y sin espejo, cualquier delirio puede parecer coherente. De hecho para él (su ego) lo es.

Polarización: cuando el sistema se multiplica

La polarización no es más que este mecanismo amplificado.

Dos bloques. Dos identidades. Dos certezas enfrentadas.

Ninguno busca entender. Ello significaría la muerte del ego.

Ambos buscan reafirmarse, pues la realidad y las evidencias les rodean constantemente, el dato mata el relato, y ellos viven en y de su relato.

El otro no es un interlocutor. Es una herramienta. Sirve para confirmar que tienes razón.

Por eso estamos dejándonos de hablar entre amigos, familias, vecinos. Cada cual fanatizándose en su caja de eco, donde todos los suyos gritan y hacen tanto ruido que es imposible oír al que opina distinto.

La verdad incómoda

El fanatismo no es una anomalía. Es una tentación constante.

No pertenece a una ideología, una religión o una época.

En un patrón. Pertenece al ser humano cuando no soporta la incertidumbre.

El fanático no protege una idea.
Protege el puente que lo separa del vacío.

Y por eso no discute.

Resiste.

Porque si cae la idea… no queda nada.

¿Estamos polarizados, fanatizados… o simplemente no soportamos pensar?

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