El celofán

por Abel Marín
creer en tu valor

Lo reconocí antes de que me reconociera él.

Estaba de uniforme, con ese polo con el logo de la gasolinera bordado en el pecho, y manejaba la manguera con la eficiencia tranquila de quien lleva años haciendo lo mismo. El pelo ya no era aquel rubio ceniza que tuvo a los dieciséis. Ahora era simplemente pelo de hombre cansado.

—Joder, —dijo cuando levantó la vista— ¿cuánto tiempo?

Mucho. Más de treinta años.

Hicimos lo que hacen los hombres cuando se encuentran así, de improviso, sin haber ensayado nada. Un resumen. La vida reducida a cuatro frases. Familia, trabajo, por aquí, por allá. Él hablaba despacio, con esa pausa de quien mide lo que dice no por elegancia sino por precaución. Como si hubiera aprendido a no ilusionarse demasiado con las palabras.

Había algo en sus ojos que no supe nombrar del todo en ese momento. Luego, conduciendo de vuelta, encontré la palabra: frustración. No la frustración aguda del que acaba de perder algo. La otra. La crónica. La del que lleva tiempo sospechando que el camino que tomó no era el suyo y ya no sabe muy bien cómo volver.

Yo le conocí siendo el más listo del aula.

No es un decir. Era de esos chavales que entienden las cosas antes de que termines de explicarlas, que encuentran el error en el razonamiento ajeno sin esfuerzo aparente, que podrían haber sido cualquier cosa. Esa clase de inteligencia que en un entorno distinto habría tenido otro destino.

Pero yo le recuerdo sobre todo agachado.

En el patio del instituto, entre clase y clase, recogiendo del suelo los envoltorios de celofán de las cajetillas de tabaco. Los doblaba con cuidado, los guardaba en el bolsillo del pantalón. Luego, según supe, los vendía. Por kilos, imagino, a alguien que los compraba.

Lo que nunca entendí entonces era el porqué.

No era un chico sin recursos. En su casa no faltaba nada. Tenía guitarra eléctrica, tenía sus caprichos, tenía una planta que no encajaba con agacharse a recoger basura del suelo. Yo en aquella época me sacaba un dinero extra dando clases particulares de EGB a críos del barrio. Me parecía lo natural: tenía algo que ofrecer, lo ofrecía, me pagaban por ello.

Nunca le pregunté por el celofán. Había algo en aquello que no invitaba a la pregunta. Quizá porque nombrarlo habría sido señalar algo que los dos veíamos pero ninguno quería hacer explícito.

El problema no era que recogiera celofán. El problema es que no sabía que no tenía que hacerlo.


Años después entendí que eso no era solo suyo.

Todos tenemos un celofán. Un momento, una etapa, un plano de la vida en que aceptamos menos de lo que valemos sin darse cuenta siquiera de que lo estamos aceptando. No por falta de inteligencia — él era el más listo del aula, ya lo he dicho. Sino porque nadie nos enseñó a ver el techo.

Yo también he tenido mi techo de celofán. En otro nivel, en otra forma. Años cobrando por debajo de lo que valía el trabajo. Aceptando condiciones que no eran las mías porque no había terminado de creerme del todo lo que tenía entre manos. La inteligencia estaba. El valor estaba. Lo que tardó en llegar fue la certeza de que podía exigir lo que correspondía.

La diferencia entre él y yo no fue el talento. Fue que en algún momento alguien — o algo — me hizo ver que el techo no era el techo. Que era celofán. Y que el celofán se rompe.

A él nadie se lo dijo a tiempo.

La manguera hizo ese clic seco que hacen cuando terminan.

—Listo —dijo.

Le pagué. Nos dimos la mano. Uno de esos apretones que duran un segundo más de lo habitual porque ninguno sabe bien cómo cerrar algo así.

Mientras salía a la carretera pensé en el celofán. En aquel chico rubio agachado en el patio. En todo lo que la inteligencia sola no puede hacer si nadie te enseña en qué dirección mirar.

Y pensé también que la pena más difícil no es la que viene del fracaso.

Es la que viene de imaginar todo lo que podría haber sido.

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