El primer día me tocó el cierre mensual, y choqué con una duda con las identificación de los valores aquella empresa.
El dueño subido encima de una mesa. Los mejores vendedores premiados delante de todos. Los peores señalados delante de todos. Luego cena pagada, fiesta, y a empezar de nuevo.
Genial y perturbador a la vez.
Nunca había visto algo así. No era mi mundo. No eran mis valores. Pero había una energía en aquella sala que no podía ignorarse.
Lo supe en ese momento: no eran los míos. Y aun así, algo en todo aquello me pareció brutalmente honesto.
Llegué con contrato, y con ilusión
Me había traído un headhunter. Condiciones elevadas, vivienda pagada. Perfil difícil de encontrar. Venía a apagar un fuego que podía partir la empresa en dos.
Mi compromiso era simple: aguantar un año. Cumplir. Marcharme.
Más que ilusión, había reto, un gran reto. Y había contrato.
Era una empresa de logro puro. Comercialmente agresiva de las que ganan porque no paran, porque presionan, porque el resultado lo justifica casi todo. Y premiaban el mérito, vaya que si lo premiaban.
Eso era su fuerza. Y también lo que les amenazaba. Sólo que estaban demasiado dentro para verlo.
Yo llegué de fuera. Sin conocer su modelo. Y quizá por eso lo vi desde el primer día con una claridad que ellos no tenían todavía.
Lo que no estaba en el contrato
En seis meses el objetivo estaba cumplido. Pero no me fui.
Me quedé un año y medio. No por el dinero. Porque algo había cambiado que no estaba en el contrato. Les había cogido cariño, mucho cariño.
Y ellos a mí, creo.
Lo que había llegado como transacción se convirtió en otra cosa. No humanicé la empresa con discursos ni con carteles de valores en las paredes. Lo hice estando. Siendo lo que soy.
Y ellos me enseñaron algo que no esperaba: que la disciplina del logro, bien dirigida, no está reñida con la humanidad. Que había en esa agresividad comercial una energía que yo no tenía y que aprendí a respetar.
Nos cambiamos mutuamente valores. Sin quererlo. Sin planificarlo.
Veinticuatro años después
El día que me fui me hicieron una fiesta sorpresa. Lloraron algunos. Yo también.
Me regalaron placas grabadas con frases mías. Y cosas de rock, porque sabían que me encantaba. Veinticuatro años después las conservo.
No sé si ellos recuerdan lo que les dejé.
Yo sé exactamente lo que me llevé.
