Voy a hacer algo que no se hace habitualmente en un artículo de opinión. Voy a exponer los argumentos en contra de mi propia tesis antes de defenderla. Vamos a ver la mentira del precio de las cosas.
No porque me falte convicción. Sino porque una idea que no resiste sus propias objeciones no merece ser sostenida.
Lo que dice el precio
En 2006, un litro de leche entera costaba aproximadamente 60 céntimos en el supermercado español. Hoy cuesta 96. Una subida del 60% en veinte años.
El IPC acumulado en España entre 2006 y 2026 ronda el 55-58%, según las tasas anuales publicadas por el INE.
La leche ha subido ligeramente por encima de la inflación oficial. Pero el orden de magnitud es comparable. Alguien podría concluir que el sistema funciona. Que el precio refleja razonablemente la realidad.
Ese argumento existe. Y no es absurdo.
Los contraargumentos que me conozco
Primero: la cadena láctea ha mejorado su eficiencia de forma genuina en veinte años. Mejor tecnología de ordeño, mejor logística, economías de escala. Parte del precio bajo no es subvención oculta. Es productividad real.
Segundo: las subvenciones agrícolas europeas tienen defensores razonables. El argumento de la seguridad alimentaria no es puro clientelismo. Sin apoyo público, muchas explotaciones ganaderas habrían cerrado y la dependencia exterior sería mayor.
Tercero: nadie sabe exactamente cuánto costaría la leche si incorporase todas sus externalidades energéticas. Es un cálculo complejo, discutido, y las estimaciones varían ampliamente según el modelo que se use.
Reconozco todo eso.
Y aun así sostengo que el precio miente. Por dos razones superpuestas.
La primera mentira: el precio no incluye lo que no tiene dueño
Para que ese litro llegue al lineal a 96 céntimos, la energía ha intervenido en cada fase: fertilizantes derivados del petróleo para el pienso, gasoil para la maquinaria agrícola, electricidad para la refrigeración continua desde el ordeño, energía para la pasteurización, plástico de derivados petroquímicos para el envase, diésel para el transporte refrigerado, electricidad para las cámaras del supermercado.
Ninguna de esas fases incorpora el coste de las emisiones que genera. En apariencia nadie paga por el CO₂. Nadie contabiliza el agotamiento del acuífero que riega los cultivos del pienso. Nadie factura la degradación del suelo.
Esos costes existen. Simplemente no tienen dueño. Y lo que no tiene dueño no aparece en el precio.
Esto no es ideología. Es contabilidad incompleta.
La segunda mentira: el IPC tampoco lo cree nadie
El IPC acumulado del 55-58% es un dato oficial del INE. Metodológicamente correcto dentro de sus propios criterios.
El problema es que ningún ciudadano lo reconoce en su bolsillo.
Y no es solo percepción subjetiva. El IPC tiene limitaciones estructurales conocidas: infrapondera la vivienda en un país donde el alquiler ha subido entre un 80 y un 120% en las grandes ciudades en el mismo periodo. Usa ajustes de calidad que reducen artificialmente algunas subidas. Pondera categorías de gasto que no corresponden a la cesta real de muchas familias.
Vaya, una estafa estadística, que todos aceptamos.
El resultado es un índice que mide algo. Pero no exactamente lo que dice medir.
Dos mediciones oficiales —el precio de la leche y el IPC— que se validan mutuamente pero que ningún ciudadano reconoce en su experiencia real.
Lo que Ormuz revela
Desde que el estrecho lleva efectivamente cerrado, el precio de la energía ha subido entre un 40 y un 60%. Ese shock no ha llegado todavía con toda su fuerza al lineal del supermercado. Llegará. Y cuando llegue, no será moderado.
Porque lo que Ormuz hace no es crear un problema nuevo. Es revelar uno antiguo.
El precio de la leche llevaba veinte años diciéndonos que la energía era barata y abundante. Que las externalidades no costaban. Que el sistema era sostenible.
Era una convención. No una verdad.
La conclusión incómoda
No estoy pidiendo que la leche cueste el doble. Estoy señalando que su precio actual descansa sobre supuestos que un solo conflicto geopolítico puede deshacer en semanas.
Y que el IPC, la herramienta que usamos para medir si los precios son razonables, tampoco refleja plenamente la realidad que vive la mayoría.
Dos instrumentos de medida con limitaciones conocidas, que juntos construyen una narrativa de normalidad.
Hasta que la realidad interrumpe la narrativa.
Como está haciendo ahora mismo, develando la mentira del precio de las cosas.
