¿Ejército europeo? No se puede defender un museo con armas prestadas y dinero que no existe

por Abel Marín
Decadencia de Europa y soberanía económica

La trampa del Ejército europeo en una Europa envejecida, sin tecnología y dependiente del dólar. El coste real de un bienestar que ya no podemos pagar. Algo difícil ante la decadencia de Europa y soberanía económica

En los últimos días ha vuelto una idea recurrente en los pasillos de Bruselas, esa que sacan del cajón cada vez que el mundo exterior se pone feo: un Ejército común.

El planteamiento surge con urgencia ante un contexto internacional inestable y una relación cada vez más tensa con las potencias tradicionales.

La reacción, como siempre, ha sido previsible: ¿Más militarismo? ¿No era esto el “no a la guerra”?

La crítica es comprensible, pero se queda en la cáscara.

No es una cuestión de pacifismo frente a belicismo. Es el síntoma de una Europa que ha perdido su dinamismo, su tecnología y su propósito.

El museo del bienestar dopado

Europa se ha convertido en un continente envejecido que ha quedado fuera de la carrera tecnológica. Mientras el bloque occidental pierde su hegemonía, nosotros nos hemos quedado anclados en un «Estado del bienestar» diseñado en el último tercio del siglo XX. Un modelo que no tiene razón de ser para la composición demográfica de 2026.

Llevamos décadas externalizando nuestra seguridad para mantener una ficción de bienestar. Hemos construido nuestra vida sobre una premisa suicida:

  • Alto gasto social para una población que ya no produce como antes.
  • Cero soberanía tecnológica frente a potencias que dictan las reglas del futuro.
  • Dependencia estratégica de un «primo americano» cuya administración está más ocupada en salvar el dólar que en protegernos a nosotros.

La verdadera soberanía: ¿Quién paga y quién manda?

El debate público se mueve en lo simbólico, pero el problema real es vulgar: ¿con qué dinero?

Un Ejército no es una proclama romántica; es una estructura pesada y un compromiso sostenido. Para financiarlo solo hay tres vías: subir impuestos a un contribuyente asfixiado, recortar el sagrado bienestar o endeudarse. Elegimos siempre la deuda, desplazando el muerto a unos herederos que cada vez son menos y tienen menos futuro.

Pero hay algo más profundo. La verdadera soberanía hoy no se basa en banderas, sino en la emisión de moneda.

Estados Unidos se fractura socialmente, pero su administración sabe que su estatus depende de mantener el dólar como moneda de reserva mundial, es más peligroso. La seguridad de que su divisa seguirá siendo fiable mañana es su verdadero poder. Europa, fragmentada y sin una voz clara, no tiene esa herramienta.

La ilusión de la paz gratuita

Hay una idea implícita en nuestra sociedad: que la paz y el bienestar son derechos naturales y gratuitos. No lo son. Nunca lo han sido. Durante décadas, alguien más asumía el coste mientras nosotros nos dedicábamos a los valores de salón y a una clase política alejada de la realidad.

El debate sobre el Ejército europeo está mal planteado. No es una cuestión militar. Es una pregunta existencial: ¿Está Europa dispuesta a asumir el coste real de su propia supervivencia en un mundo multipolar?

Quizá el problema no sea crear un Ejército. El problema es que eso nos obliga a hacer algo que llevamos décadas evitando: pensar en términos de poder, recuperar el dinamismo perdido y asumir las consecuencias de nuestra propia libertad.

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