Gerontocracia pasiva, infantocracia activa y partitocracia: el sistema que nunca dirá la verdad

por Abel Marín
gerontocracia en España

Llevamos años hablando de la crisis de la vivienda, del colapso de las pensiones, del paro juvenil, de la deuda pública. Hablamos de síntomas. El sufragio universal se topa con una realidad demográfica inédita en la Historia de la Humanidad: la gerontocracia pasiva de una población que sigue envejeciendo y ejerce su poder para que todo siga igual .

Casi nunca nombramos el diagnóstico. Y cuando alguien se acerca, lo hace a medias, hoy preferimos llamarlo equidistancia. Con cuidado. Sin terminar la frase. Vaya, escurrir el bulto.

Este artículo viene a terminarla. No es solo gerontocracia pasiva. Es infantocracia activa gestionando sus consecuencias.

El voto que nadie contradice

Los mayores de sesenta años no ganan las elecciones solos. Pero las deciden.

En un sistema donde PP y PSOE se juegan (y reparten como familias feudales) el gobierno en márgenes del tres al cinco por ciento, ese bloque de votantes —fiel, disciplinado, con intereses muy concretos— es intocable.

No es una mayoría. Es algo más eficaz: el voto bisagra en una democracia que se decide en los márgenes.

Cuando el margen lo decides tú, el sistema trabaja para ti.

El resto espera.

Sus intereses son claros: pensiones revalorizadas, sanidad pública que no colapse —al menos en apariencia— y, esto se dice menos, patrimonio inmobiliario protegido.

España es un país de propietarios envejecidos.

El problema no es ese patrimonio. Es que la política se ha organizado para protegerlo por encima de todo.

Suelo intervenido. Licencias lentas. Parque público ridículo. Fiscalidad que penaliza construir y premia retener. No es mercado. Es diseño político.

Y cuando alguien intenta tocar esa palanca, el sistema responde. Ya lo vimos. No hubo conspiración. No hizo falta.

El mecanismo funcionó solo. Siempre funciona.

Un partido puede sobrevivir a muchas cosas en España. No puede sobrevivir a tocar el patrimonio de quien vota siempre.

La infantocracia: gobernar sin haber vivido

La explicación fácil sería culpar a la gerontocracia.

Sería cómodo. Y sería incompleto.

El problema no es solo que los mayores no se vayan. Es que quienes llegan no han llegado a ningún sitio. No hay exceso de experiencia. Hay ausencia de ella.

Demasiados políticos no han gestionado nada fuera del partido. ni han tomado decisiones con coste real. Ni han tenido que responder por errores propios.

Y eso se nota.

Confunden ideología con análisis. Urgencia con histeria. Novedad con ignorancia histórica.

Creen que todo empieza con ellos. Y todo se estropea con ellos.

Esto no es juventud. Es infantilización.

Por eso no es solo gerontocracia.

Es infantocracia.

La partitocracia: el filtro real

Nada de esto es casual. Es selección.

Los partidos no eligen a los mejores. Eligen a los más obedientes. En listas cerradas, el criterio estorba. La lealtad suma.

El que entra joven, sin pasado fuera del aparato, sin independencia económica ni intelectual, es perfecto. No discute. No corrige. Ni piensa demasiado. Ejecuta.

Y cuando falla, no paga. Porque nunca tuvo nada que perder.

Los vividores del sistema

Y luego están los profesionales del engranaje. Los que han sido todo sin ser nada fuera de él.

Décadas saltando de cargo en cargo, de institución en institución, de nómina pública en nómina pública.

Sin mercado. Sin riesgo. Nada de responsabilidad porque no padece las consecuencias.

Son el pegamento. Fabrican al político obediente y saben exactamente qué prometer al votante decisivo. No tienen ideología. Tienen intereses. Y los intereses no necesitan relato.

Se defienden solos.

No es una fuga, es un colador

Podríamos hablar de reformas. De ajustes. De mejorar la gestión. Sería engañarnos.

Esto no es un cubo con fugas. Es un colador.

Deuda pública disparada. Paro juvenil estructural. Emancipación retrasada una década. Natalidad en mínimos. Pensiones que no cuadran.

Los datos están ahí. Nadie los niega. Lo que se evita son las conclusiones.

Porque las conclusiones cuestan votos. Y los votos que cuestan siempre son los mismos.

Esto no es solidaridad intergeneracional. Es transferencia forzosa con coartada moral.

Y funciona. Porque nadie tiene incentivos para desmontarla.

Por qué ningún gobierno dirá la verdad

Ningún partido habla en serio de economía estructural.

Ni de pensiones. Ni de demografía. Y mucho menos de la productividad.

Todos lo saben. Ninguno lo dice. No es cobardía. Es lógica.

En una partitocracia de listas cerradas, el político no responde al votante. Responde al aparato. Y el aparato hace números, y los hace muy bien.

Qué bloque necesito. Qué puedo prometer. Y hasta hace poco, qué no puedo tocar. Aunque la caja única de las pensiones, parece que sí se ha tocado.

El bloque decisivo es intocable. La verdad lo pone en riesgo.

Conclusión: la verdad se elimina.

El que la dice pierde. El que pierde desaparece, es decir, va directo a la vida real, esa que tiene que trabajar para vivir, el infierno de la caída social.

No hace falta conspiración. Solo incentivos bien alineados.

Cuando toque

Siempre aparece alguien pidiendo una ruptura. Reformas radicales. Reset institucional. El diagnóstico suele ser correcto.

El problema es el paciente. Con esta cultura política, con este votante y con estos partidos, pensar que el cambio vendrá desde arriba es casi ingenuo.

El cambio llega cuando ya no queda margen. Cuando los números dejan de cuadrar. Cuando la deuda se convierte en presente, para entonces el colador ya no sostiene ni el relato.

Ese momento no se vota. No se negocia. No se lidera. Llega.

Y arrasa el relato.

La pregunta no es si pasará.

La pregunta es cuánto habremos perdido cuando pase.

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