Julio César publicaba noticias en el Foro Romano cincuenta y nueve años antes de Cristo. Sin facultad de Periodismo. Ni carnet de periodista. Podría decirse que era información o propaganda. Otros patricios contaría otras cosas «verdades», sin duda.
El periodismo lleva más dos mil años funcionando, se llamaba «habladurías».
La carrera de periodismo en España tiene cincuenta y cuatro. Y nació en 1941, bajo Franco, para controlar quién podía hablar. No para garantizar la verdad. Para administrar el acceso a ella.
Conviene no olvidarlo cuando alguien agita el carnet de periodista, el ministro más breve de nuestra democracia fue destituido por Pedro Sánchez, es y sigue siendo periodista, Màxim Huerta. ¿No hay sesgo en este caso en su labor informativa? Es una pregunta retórica.
El vecino que hizo lo que los periodistas no hicieron
Recuerdo un caso de un vecino que publicó en sus RRSS que hombre que vive en el portal de al lado era un «pederasta». Lo dijo. Se lo dijeron a él: eso es una calumnia. El ofendido le denunció por calumnias. El juicio llega. Los antecedentes penales están ahí, en papel, con sello. Absuelto. Resultó que el denunciante tenía razón: el vecino contaba con antecedentes penales por pederastia en otro municipio.
Ese hombre no tenía redacción detrás. No tenía editor que le dijera hasta dónde podía llegar. Tenía información veraz y la difundió donde tenía que difundirla. Eso tiene un nombre. Se llama periodismo. Y lo ejerció mejor que muchos que cobran nómina por no ejercerlo.
El periodista asalariado y la mano que le da de comer
Hoy los periodistas viven de los medios. Los medios viven del poder político y económico. El poder político y económico está, en una proporción notable y documentada, en procesos penales en curso o con sentencias firmes encima de la mesa.
Hagan el cálculo.
El periodista asalariado no puede morder la mano que le da de comer. No es una acusación. Es una ley de la física. El conflicto de interés no necesita conspiración — necesita nómina.
Vito Quiles y el espejo que nadie quiere mirar
Te podrá gustar algo, mucho o nada. Pero negarle las agallas dice más de quien lo niega que de él.
Valorar el carácter intrépido propio de su juventud, también parece que debería entrar como parte de su juicio popular.
Vito Quiles pregunta. Eso es todo lo que hace. Pregunta a quienes tienen la obligación legal y moral de responder. A Koldo. A Ábalos, oh, qué casualidad, los que hoy están donde están precisamente porque durante demasiado tiempo nadie les preguntó nada.
Lo que ocurre cuando pregunta es revelador. No lo que él dice. Lo que hacen los demás.
Le insultan y le llaman de todo, lo zarandean, le roban con fuerza el micrófono para romperlo.
Y los que tienen carnet, micrófono y plató — los que deberían estar haciéndole sitio o haciéndolo ellos — miran hacia otro lado o se suman al ruido.
Eso no es un debate sobre periodismo. Es un diagnóstico.
Los jóvenes parece que lo tienen claro. Como dice Vito Quiles:
la chavalada está harta de tanta corrupción, de la falta de vivienda, de los sueldos bajos»
No le falta razón. Siempre fue así — el poder tiembla ante quien no tiene nada que perder. En Irán lo intentaron. Con las horcas y el internet cortado como respuesta.
La pregunta que no debería necesitar defensa
Preguntar a un cargo público sobre sus presuntos delitos en curso de un procedimiento legal no debería siquiera ser reprobado públicamente. Mucho menos penalmente.
Es una obligación moral, en un país donde la moralidad brilla por sus silencios.
Si eso incomoda, la pregunta no es qué está haciendo mal Vito Quiles.
La pregunta es por qué lleva años sin hacerlo el resto. ?Será el último periodista?
