El estigma del próspero: De «humilde» a «fachapobre»

por Abel Marín
fachapobre

Llevo más de veinte años formando el inventario de miles de herencias. Y hay bastante «fachapobre».

Una herencia es un libro abierto sobre la vida de una persona. Aunque se parte de la foto final del patrimonio (o deudas) que deja el que se va.

El largometraje de esa vida se ve después, cuando la viuda y los hijos te cuentan la vida del fallecido: dónde nació, en qué situación, en qué cosas trabajó o emprendió… Si era muy trabajador, lo cuentan con un énfasis especial.

En fin, los nacidos entre los años 30 y 70 del siglo pasado, en un 90% nacimos con lo puesto, así que se puede decir, que éramos pobres, todos. Y más si nos comparábamos a los franceses que venían de vacaciones, o los emigrantes españoles que venían en verano con sus cochazos, y se compraban casas a toca teja. No es relato, lo veíamos con nuestros ojos. De aquellas divisas, algunos de los arrendadores de vivienda de hoy.

He observado a mucha gente que nace pobre, pacientemente, no solo en mí caso personal sino en cientos de personas que, cuando aplican a su sistema de creencias el liberalismo económico —que no es otra cosa que agarrar el toro de tu vida por los cuernos—, alcanzan cierta prosperidad: tener una casa pagada y algunos ahorros por si vienen mal dadas las circustancias. Tristemente, ahora nos llaman «fachapobres», sin siquiera preguntar si votamos o seguimos a lo nuestro.

El inventario no miente

Como abogado, sé que un testamento es un papel, pero un inventario es una biografía económica.

He visto cómo fortunas dignas se levantaron de la nada absoluta, de manos que empezaron con callos y terminaron firmando escrituras. Ese progreso no fue un regalo del Boletín Oficial del Estado; fue el resultado de la responsabilidad individual y de entender que el ahorro y la inversión es la única red de seguridad real que no depende del humor de un político.

El liberalismo económico, despojado de etiquetas académicas, es simplemente el derecho a que ese «largometraje» de esfuerzo no sea editado o confiscado por un socio parásito que llega al final de la película para llevarse la mitad de la taquilla.

La etiqueta «fachapobre»: El insulto del guardián del rebaño

Llamar «fachapobre» a quien prospera es el último refugio del mediocre, calma el dolor de mirarse al espejo (ver). Es el mecanismo de control de quienes necesitan que sigas siendo una víctima para que ellos puedan seguir siendo tus salvadores.

  • La trampa de la identidad: Si te quedas en la precariedad, eres «pueblo» digno.
  • El pecado de la autonomía: Si dejas de necesitar el subsidio porque has sabido gestionar tu patrimonio, te conviertes en un traidor.
  • La realidad: La verdadera libertad no es tener un derecho; es tener la independencia material para que nadie pueda comprar tu silencio ni tu voto.

El fachapobre es el que sale de la pobreza precisamente por no pensar que alguien le debe solucionar la vida, y eureka, su vida mejora, algo o bastante. Los que insultan suelen tener una tesis arraigada: que el mérito personal no sirve para anda.

Si el resultado de décadas de trabajo y de «agarrar el toro por los cuernos» te convierte en un paria para los comisarios de la nueva moral social, felicidades. Has pasado de ser un número en el presupuesto a ser un hombre libre. Has completado tu inventario con éxito y, lo más importante, el largometraje de tu vida lo has dirigido tú, no el Estado ni los parásitos.

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