El chico de barrio con los ojos abiertos

por Abel Marín
periferia urbana clase social

No fue un cambio. Fue un patrón

Vine a vivir aquí con cinco años.
Entonces ya era lo mismo, solo que los “otros” venían de Castilla-La Mancha y Andalucía.

Nosotros llegábamos de otro mundo dentro de la misma provincia. Un municipio del norte, valenciano parlante, más cerrado, más tradicional. Allí el valenciano no era una opción cultural. Era el aire.

Mis padres cogieron una carnicería de barrio en traspaso. Y como nadie quiere perder dos horas al día en desplazamientos absurdos, acabaron comprando una vivienda nueva aquí.

Y ahí empezó el cambio.

De repente, el valenciano desapareció.
No es que se hablara poco. Es que dejó de existir en lo cotidiano.

Hoy el proceso es el mismo.
Solo ha cambiado el origen de quienes llegan.

El mecanismo no.

La lengua no muere. Se vuelve inútil

La calle, la tienda, el colegio… todo funcionaba en castellano.

Hoy, más todavía.

Pero ya no es una lengua compartida entre valencianos y gente de otras regiones.
Es una lengua franca entre orígenes cada vez más lejanos. Latinoamérica. Norte de África. Europa del Este.

¿El valenciano? Ni está ni se le espera.

Usarlo no es reivindicativo. Es inútil. Incluso absurdo en muchos contextos.

Y eso no es política. Es pura adaptación.

La degradación no hace ruido

Hace más de 25 años que me fui del barrio. Y aun así, no he dejado de mirarlo.

No con nostalgia. Tampoco con rabia, ni con pena. Más bien con una mirada analítica. Sin asombro. Era lo esperable.

He visto su evolución. O su degradación, si dejamos de maquillarlo.

No fue un colapso. Fue algo más lento: pérdida de cohesión, vecinos que rotan, códigos que desaparecen.

Hoy apenas queda un amigo allí. Y los de siempre: los mayores.

Muchos no se fueron porque no podían permitírselo. Otros, simplemente, ya no tenían a dónde ir. También queda gente de mi generación.

Pero no todos siguieron el mismo camino. Algunos se quedaron atrapados en una inercia social: trabajos precarios, trayectorias rotas, dependencia del entorno inmediato.

Llámalo como quieras.

Pero eso, en términos clásicos, es lumpen.

No como insulto. Como categoría.

La clase media era un decorado

Me fui a un barrio nuevo.

De esos que a principios de siglo se vendían como ascenso social en ladrillo.

Edificios nuevos, vecinos jóvenes, hipotecas largas y la sensación de estar “un paso por encima”. Clase media. En teoría.

Hoy, ese mismo barrio sigue en pie.

Pero la etiqueta ya no encaja.

Los ingresos han caído en términos reales. El margen vital se ha estrechado. La capacidad de ahorro es mínima. La de endeudamiento ya está agotada.

Los datos están ahí: Agencia Tributaria y Instituto Nacional de Estadística.

Sobre el papel, hablamos de clases bajas.

Pero nadie se define así. Porque la clase social no se mide solo con datos. Se mide con percepción.

Y la percepción siempre llega tarde.

La trampa es no notarlo

La gente sigue viviendo como si perteneciera a una clase que ya no puede sostener.

Mismos hábitos. Mismas aspiraciones. Menos ingresos. Más fragilidad. Estoicismo a la fuerza, rabia como evasión.

Y mientras tanto, la caída no se percibe como caída. Se vive como normalidad.

Ahí está la trampa.

El barrio no es el problema. Es el síntoma

No ha cambiado tanto como parece.

Solo ha cambiado el origen de quienes llegan… y la capacidad de quienes estaban para quedarse.

La presión de la ciudad expulsa. La periferia absorbe.

Y en ese proceso, se fabrica algo muy concreto:

Una sociedad fragmentada, sin relato común, donde todo el mundo convive… pero cada vez comparte menos.

No hace falta violencia —aunque la hay— ni conflicto abierto —aunque empieza a asomar.

Solo hace falta tiempo, y salud para llegar a verlo.

Ver lejos para no mirar cerca

Y aquí estoy yo. Con cariño —sí— y cierto apego a una ciudad dormitorio. Porque uno no se quita los genes de chico de barrio.

Eso no es épica. Es una forma de mirar.

Ves el mundo desde lo cercano. Desde tu calle. Desde tu escalera.

Y entiendes algo incómodo:

No todo el mundo vive así… pero eso tampoco te preocupa demasiado.

Porque lo que importa no está en países lejanos. Está a dos portales de distancia. Tus vecinos. Tu realidad.

Lo otro —lo que te sirven cada día en la TV y en lo periodicos gratuitos— es otra cosa.

Un desfile constante de problemas ajenos diseñado para que mires hacia fuera… y no hacia dentro.

Para que no pienses en lo que tienes delante. En lo que está cambiando que sólo algunos lo nombran.

La ilusión de haber escapado

Y luego están los que creyeron escapar.

Los que salieron del barrio “malo” para instalarse en barrios mejores. Más nuevos. Más ordenados. Más presentables.

Jaulas de oro.

Porque desde fuera lo parecen. Pero las cuentas bancarias ya no brillan tanto como las de sus nuevos vecinos.

Ahí empieza otra tensión.

La de sostener un relato que no termina de cuadrar con la realidad. La de parecer lo que ya no eres. La tensión de vivir rodeado de gente que está, objetivamente, un escalón por encima. Y en en cierta forma los ves infantiles, sin curtir, débiles.

Intuyo que muchos seguirán defendiendo su historia de prosperidad.

Y no me parece mal.

Al final, la vida es como la sentimos. Como la contamos.

Aunque, en el fondo, sea como es.

No es inevitable. Es cómodo no verlo

No es un accidente. Es el resultado lógico de una suma de decisiones: mercado inmobiliario, movilidad laboral, inercia social y relato político.

No es inevitable. Pero sí es cómodo fingir que lo es. Porque así nadie tiene que asumir nada.

Y en medio de todo eso, historias concretas.

Mi madre. Mi hermana.
Amigos del barrio “malo” que hicieron lo prudente, no sé si lo mejor: irse al de al lado, cerca.
Al barrio “normal”. Al que tocaba.

Sin saber que ese también tenía fecha de caducidad. Sin saber que, décadas después, acabaría en el mismo sitio.
Solo que con mejor fachada.

Un pueblo entero condenado —eso sí, con dignidad— a ocupar la planta baja del ascensor social.

Y lo peor no es eso.

Lo peor es pensar que esto va de un sitio concreto.

Porque no. Hay gente buena en todos lo lugares, sólo que en algunos es más fácil envilecerse y en otros vivir cínicamente.

El mundo está lleno de barrios.

Una novela escrita por chico de barrio ….

 «TRAGANDO SAPOS»


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