El votante estafado no defiende al partido: se defiende a sí mismo

por Abel Marín
votante estafado

El votante estafado no defiende al partido. Se defiende a sí mismo. Defiende su vieja discusión familiar. Defiende el tuit que escribió con superioridad moral.

No acepta reconocer que en la cena llamó facha, ignorante, reaccionario o vendido a quien simplemente vio antes lo que él no quería mirar.

Defiende años de obediencia disfrazada de criterio.

Por eso le cuesta tanto admitir la estafa. Porque aceptar que el partido le engañó sería doloroso.

Pero aceptar que él colaboró emocionalmente en el engaño sería insoportable.

Nadie quiere admitir que fue el primo

La víctima de una estafa rara vez acepta el engaño de golpe.

Primero lo niega. Luego lo minimiza. Después lo justifica. Más tarde culpa a otros. Y, si no queda más remedio, admite una parte pequeña del desastre para salvar la imagen completa de sí misma.

No lo hace necesariamente por estupidez. Lo hace por supervivencia psicológica.

La literatura sobre víctimas de fraude financiero insiste en el peso de la vergüenza, la baja autoestima y la culpa internalizada.

La FINRA Foundation ha señalado que la cultura de culpar a la víctima agrava ese sentimiento de vergüenza y desplaza el foco desde el delincuente hacia quien ha sido manipulado.

La víctima no solo piensa: “He perdido dinero.”

Piensa algo peor: “He sido tonto.”

Y ahí empieza el verdadero dolor.

Porque el dinero puede volver.

La autoestima herida, no siempre.

La política como estafa emocional

La estafa democrática funciona de una forma parecida, pero con una diferencia brutal: aquí no solo se pierde dinero, confianza o tiempo.

Se pierde identidad. El votante fiel no entrega únicamente una papeleta. Entrega años de relato. Años de pertenencia. Años de discusiones. Largas etapas de justificaciones imposibles. Una vida de superioridad moral frente al adversario.

Por eso, cuando el partido traiciona lo que prometió, el golpe no cae solo sobre el partido. Cae sobre el votante.

Y el votante, antes de admitir que fue engañado, suele hacer lo que hace cualquier víctima de una estafa: defender el engaño para no sentirse idiota.

No defiende al líder, no defiende al programa. Ni defiende siquiera la verdad.

Defiende la imagen que tenía de sí mismo cuando aún creía que estaba en el lado correcto de la historia.

Qué expresión tan peligrosa: “El lado correcto de la historia”.

Siempre la pronuncian los que todavía no han entendido que la historia no tiene lado correcto. Tiene consecuencias.

El caso Sánchez-PSOE como laboratorio

Pedro Sánchez y el PSOE son hoy un caso de estudio casi clínico de esta estafa democrática.

No porque sean los únicos.

Que cada cual aplique el mecanismo a su propio voto, salvo los fanáticos, claro, que siempre creen que la podredumbre empieza exactamente donde termina su papeleta.

Pero el caso socialista es especialmente útil porque concentra todos los ingredientes.

Promesas incumplidas. Líneas rojas convertidas en felpudos. Amnistía negada y después aprobada. Dependencia parlamentaria de fuerzas que antes se presentaban como inaceptables. Tramas de corrupción investigadas en el entorno del poder.

Contradicción obscena entre el discurso moral que se predica y determinados comportamientos que después aparecen en audios, informes y sumarios.

No son relatos, sino datos.

La Ley Orgánica 1/2024 de amnistía fue publicada en el BOE el 11 de junio de 2024 y entró en vigor ese mismo día.

No hablamos de un rumor de barra de bar. Hablamos de una decisión política central, aprobada después de haber sido negada como posibilidad durante años por quienes luego la defendieron como si fuera una exigencia del destino.

EH Bildu votó a favor de la investidura de Pedro Sánchez en noviembre de 2023. Tampoco hablamos de una sombra. Hablamos de una aritmética parlamentaria concreta, pública y necesaria para sostener el poder.

Y mientras tanto, el entorno del antiguo Ministerio de Transportes y del núcleo orgánico socialista ha ido acumulando investigaciones, informes y nombres propios.

El llamado caso Koldo ha salpicado a José Luis Ábalos, Koldo García, Víctor de Aldama y Santos Cerdán, con investigaciones sobre presuntas comisiones, adjudicaciones y tramas vinculadas al poder socialista.

En mayo de 2026, El País describía a Cerdán como presunto cabecilla de dos tramas criminales gestadas en el núcleo de poder del PSOE, siempre dentro de causas abiertas y con la presunción de inocencia que corresponde.

Realidad ¿innegable?

Conviene decirlo bien. No hace falta convertir cada sospecha en sentencia. No hace falta inflar cada indicio hasta que parezca una condena. Basta con reconocer los hechos, pues ya son suficientemente graves.

Cuando un partido que se presenta como superior moralmente acaba rodeado de audios sobre prostitutas, mordidas, teléfonos, “barbaridades” guardadas, supuestas comisiones y comportamientos que sus propias dirigentes califican de “asquerosos” y “vomitivos”, el problema ya no es solo judicial. Es moral.

RTVE informó en junio de 2025 de audios de Koldo y Ábalos sobre prostitución que provocaron indignación en cargos socialistas, incluida la secretaria de Igualdad del PSOE.

Y aquí aparece la pregunta que el votante fiel no quiere formularse: ¿Y si no eran los guardianes de la decencia? ¿Y si solo eran gestores de poder con un buen departamento de propaganda moral?

Las fases del votante estafado

El votante estafado no se despierta una mañana y dice: “Me han tomado el pelo.”

Ojalá. Antes pasa por una liturgia completa.

Primero, la negación: eso es:

“Mentira.”

“Una campaña.”

“La derecha mediática.”

“Es lawfare.”

Y el gran mantra. «Es fango.”

Después llega la minimización.

“No es para tanto.”

“Todos tienen casos.”

“Son hechos aislados.”

“Él no lo sabía.”

Luego viene la comparación defensiva.

“Los otros son peores.”

“Con la derecha sería peor.”

“Al menos estos defienden lo público.”

“Al menos estos son progresistas.”

Más tarde aparece la justificación.

“Era necesario.”

“La amnistía era por convivencia.”

“Bildu ha cambiado.”

“Había que parar a la ultraderecha.”

“Hay que ser pragmáticos.”

Y al final llega el cinismo, que es la última estación del votante derrotado.

“Todos roban.”

“Todos mienten.”

“La política es así.”

“Qué más da.”

No es madurez. Es rendición. Es vergüenza.

Es la forma que tiene la mente de no reconocer una frase insoportable: “Me engañaron.”

Y otra todavía peor: “Me dejé engañar.”

La disonancia cognitiva del buen militante

La disonancia cognitiva aparece cuando una persona sostiene dos ideas incompatibles y necesita reducir el malestar que le produce ese choque.

Por ejemplo: “Soy una persona crítica, decente y bien informada.”

Y al mismo tiempo: “He defendido durante años a un partido que ha hecho lo contrario de lo que decía defender.”

Esa tensión es insoportable. Así que la mente busca salidas. Reescribe la historia. Cambia el significado de las palabras. Reduce la gravedad de los hechos. Ataca al mensajero. Se refugia en el enemigo.

Convierte la traición en estrategia. Convierte la mentira en necesidas y la degradación moral en precio inevitable del progreso.

Y, por supuesto, conserva intacta la propia imagen.

Ese es el truco.

El votante no necesita que el partido sea inocente. Necesita seguir sintiéndose inocente él.

La superioridad moral como inversión fallida

El votante socialista fiel no ha invertido solo confianza política. Ha invertido superioridad moral.

Durante años se le dijo que estaba en el lado limpio.

En el lado feminista. En el lado democrático. A favor de la memoria. En la defensa de los derechos. Y por supuesto en el lado de la decencia, nadie se ve a sí mismo mala persona.

En el lado de Europa, de la modernidad, de la justicia social, de la luz y de todas esas palabras grandes que luego caben perfectamente en un argumentario de WhatsApp.

Y de pronto aparecen la amnistía que no existía, los socios que no podían ser socios, los informes de la UCO, los comisionistas, los audios, las conversaciones sórdidas, los presuntos pagos, las mordidas, los prostíbulos verbales de quienes daban lecciones de feminismo y todo ese olor a cloaca que ningún perfume institucional consigue tapar.

Entonces el votante tiene dos opciones.

La primera: mirar.

La segunda: seguir militando contra la realidad.

La mayoría elige la segunda. No porque sea más cómoda políticamente. Porque es menos dolorosa personalmente.

La víctima colectiva de una estafa política

La víctima individual de una estafa protege su autoestima. La víctima colectiva de una estafa política protege su identidad tribal.

Ahí está la diferencia.

El estafado económico se pregunta cómo pudo caer.

El estafado político se pregunta cómo puede seguir teniendo razón.

No busca la verdad. Busca una coartada. Porque admitir la estafa política implica revisar demasiado.

Implica recordar conversaciones. Implica tragarse insultos lanzados a otros. Le duele reconocer que llamó fascista a quien quizá solo era más escéptico. Le incomoda aceptar que confundió propaganda con ideas. E implica descubrir que su criterio era, en realidad, pertenencia.

Y todo eso eso duele. Duele mucho más que cambiar de voto. Cambiar de voto es fácil. Cambiar la imagen moral que uno tiene de sí mismo es otra cosa.

Ahí ya no hablamos de política. Hablamos de ego. Y el ego siempre vota por correo.

El fanático no rectifica: reinterpreta

El ciudadano honesto puede equivocarse y rectificar. El fanático no. El fanático reinterpreta.

Si su partido miente, era estrategia. Si pacta con quien juró no pactar, era responsabilidad. Cuando indulta y amnistía, era concordia y convivencia.

Si se apoya en Bildu, era normalización. Cuando aparecen los primeros corruptos cerca del poder, eran casos aislados.

Cuando salen a la luz pública audios nauseabundos, eran cuestiones privadas.

Si el discurso feminista se estrella contra la realidad de sus propios dirigentes, era machismo estructural, pero nunca hipocresía concreta.

Si el partido hace exactamente lo contrario de lo prometido, el problema no es el partido.

Es que tú no entiendes la complejidad. Siempre hay una palabra disponible para salvar la fe.

Progreso. Responsabilidad. Contexto. Convivencia. Antifascismo. Gobernabilidad.

La lengua política moderna es un vertedero con iluminación institucional.

El partido solo es el espejo

Lo terrible no es que Pedro Sánchez haya convertido la elasticidad moral en una forma de gobierno.

Lo terrible no es que el PSOE haya pasado de presentarse como muro ético a gestionar una sucesión de contradicciones imposibles. No es siquiera que una parte del electorado siga aplaudiendo con las manos llenas de excusas.

Pero lo verdaderamente terrible es que el mecanismo funciona.

Funciona porque no ataca primero a la inteligencia.

Ataca a la identidad.

El votante no se pregunta: “¿Esto es verdad?”

Se pregunta: “¿Qué significa esto sobre mí si es verdad?”

Y ahí empieza la defensa. No del partido. De sí mismo.

Por eso discute, niega y minimiza.

Por eso insulta. y termina por cambiar de tema.

Y cuando observa que no le quedan argumentos dice “todos son iguales” cuando antes decía “nosotros somos distintos”.

Por eso llama fango a la realidad cuando la realidad entra por la puerta sin pedir permiso.

La pregunta incómoda

La víctima de una estafa financiera tarda en admitir que fue engañada porque le duele sentirse tonta.

La víctima de una estafa política tarda todavía más, porque no solo tendría que admitir que le engañaron.

Tendría que admitir que aplaudió. Que justificó. Calló. Insultó. Que llamó progreso a una cesión. Que llamó estrategia a una mentira.

Argumentó como mal menor lo que era una degradación moral.

Llamó convivencia a una compraventa de poder, y llamó al feminismo a una marca mientras algunos de los suyos chapoteaban en el barro de siempre.

Y que, durante años, confundió fidelidad con criterio.

Por eso el votante estafado no defiende al partido, del que ya intuye que es un gobierno criminal.

Se defiende a sí mismo.

El partido solo es el espejo. Y lo que ve en él le resulta insoportable.

 

Hace 2.500 años que sabemos cómo se pudre una democracia

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