La venda deseada

por Abel Marín
pensamiento ideológico crítica

Por qué la ideología es más peligrosa que la miopía política

El 28 de febrero de 2026, mientras el estrecho de Ormuz quedaba bloqueado y una quinta parte del suministro mundial de petróleo dejaba de circular, el Gobierno español mantenía posiciones de alineamiento retórico con Irán y Venezuela. No era un error de cálculo diplomático. Era la consecuencia lógica de un marco ideológico que había decidido de antemano quién es el imperialista y quién la víctima, antes de analizar nada.

Pero este artículo no va de España. Ni de Irán. Va del mecanismo que hace posible ese tipo de ceguera. Un mecanismo más extendido y más peligroso de lo que solemos reconocer.

El simpatizante ve mal. El ideólogo ha dejado de mirar.

Conviene no confundir las dos figuras. El simpatizante político —del PSOE, del PP, de cualquier partido— comete errores de análisis. Ve parcial. Filtra la realidad a través de sus preferencias. Pero en algún momento la realidad le interrumpe. Puede rectificar si el coste personal de hacerlo no es demasiado alto. Es un problema de grado.

El ideólogo es otra cosa. No distorsiona la visión. La ha cancelado. Ha sustituido la pregunta «¿qué está ocurriendo realmente?» por «¿qué debería estar ocurriendo según mi marco?». Y cuando la realidad no encaja con el relato, no revisa el relato. Descarta la realidad.

Esa es la diferencia de naturaleza, no de grado. El simpatizante puede equivocarse y corregir. El ideólogo ha renunciado al proceso que haría posible la corrección.

La venda no se impone. Se abraza.

Aquí está el núcleo del argumento, y también su parte más incómoda.

Pensar tiene coste. Exige sostener la incomodidad de no tener respuesta inmediata. Exige revisar posiciones. Y exige, a veces, reconocer públicamente que estabas equivocado. La ideología elimina ese coste de golpe.

Ello te da el mapa antes de ver el territorio. Te dice quién es el bueno y quién el malo antes de que ocurra nada. Te instala en un sueño coherente, cerrado, confortable.

Por eso la venda no se impone desde fuera. Se elige. Se abraza. No porque el ideólogo sea incapaz de ver, sino porque el sueño le resulta más habitable que la realidad.

Eso cambia el diagnóstico moral por completo. El ideólogo no es una víctima de su sistema de creencias. Es cómplice de su propio autoengaño. Y esa complicidad es voluntaria.

Los datos que la venda no dejó ver.

La narrativa del hundimiento de Estados Unidos tras el conflicto con Irán fue intensa. Irán amenazó con un barril a 200 dólares. Los medios afines la difundieron sin contexto. La población la recibió como verdad.

La realidad fue otra. Estados Unidos cerró el primer trimestre de 2026 con un crecimiento interanual del 2,7%, en posición que los analistas describían como sólida para encarar el shock energético global. El FMI proyecta un crecimiento del 2,3% para el conjunto del año. La razón es estructural: Estados Unidos es exportador neto de energía. Un precio del crudo disparado no le destruye. En buena medida, le enriquece.

Europa pagó el precio real. El BCE proyecta un crecimiento de la eurozona del 0,9% en 2026, con inflación revisada al alza por la transmisión del shock energético. El propio vicepresidente del BCE, Luis de Guindos, reconoció que el impacto sería intenso tanto en crecimiento como en inflación.

El diferencial entre ambas economías no es coyuntural. Es el resultado de décadas de decisiones distintas sobre dependencia energética, industria y estrategia. Pero para verlo hay que mirar sin venda.

El ecosistema que fabrica y sostiene la venda.

El ideólogo no opera en soledad. Tiene un ecosistema que le rodea, le confirma y le renueva la venda cada mañana.

El periodismo ideológico —que salvo honrosas excepciones no informa, sino que narra los deseos de sus patrocinadores— completa el circuito. El medio le da al lector lo que el lector quiere oír. El lector le devuelve audiencia y legitimidad. Nadie dentro de ese circuito tiene incentivo para introducir realidad. La realidad rompe el negocio.

El patrocinador puede ser económico, político o simplemente ideológico.

En los tres casos el resultado es el mismo: un medio que ha renunciado a su función original y se ha convertido en aparato de producción de sueños colectivos.

El clickbait es la versión trivial de este fenómeno. Lo que describe este artículo es algo más serio: la gestión del miedo y del relato como instrumento estratégico, con medios que participan activamente porque tienen interés propio en hacerlo.

La realidad no espera.

Las honrosas excepciones existen, en el periodismo y en la ciudadanía. Hay lectores que todavía buscan realidad. Son pocos. Pero son los que importan, porque son los únicos capaces de generar el tipo de presión que eventualmente obliga a rendir cuentas.

La venda es cómoda. Lo seguirá siendo.

La realidad, mientras tanto, sigue ocurriendo. Indiferente a los sueños de todos.

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