La baraja marcada

por Abel Marín
clientelismo en España

Hace unos años recibimos una llamada. Un amigo — de esos que son amigos de todo el mundo — nos avisaba de una oportunidad. Una política conocida suya había abierto un concurso público para la gestión jurídica y económica de un mercado municipal. Bien intencionado, claro. Siempre son bien intencionados.

El problema es que yo sé lo que es la política por dentro.

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Hubo debate entre socios. Mi posición fue clara desde el principio: nos están usando para cumplir el expediente. Necesitan varias ofertas encima de la mesa para justificar una decisión que ya está tomada. Somos el decorado.

Presentamos la oferta de todas formas. Sería, profesional, a precios sensatos. Por si acaso. Por dignidad. Nunca más supimos.

El dinero de los contribuyentes de ese municipio fue a parar, muy probablemente, a manos de alguien con carnet del partido. No perdí el tiempo en indagarlo.

Los delincuentes de cuello blanco no te rompen las piernas. Pero te arruinan la vida y la cartera. Y operan con acta pública.

La liturgia del concurso

El concurso público no existe para elegir al mejor. Existe para justificar al elegido. Eso es todo.

Es decir, que lo sabe el que convoca. Lo sabe el que gana. Y quizás también lo saben los que pierden.

Pero sobre todo lo sabe el funcionario que archiva el expediente con cara de no haber visto nada, y eso es realmente grave.

España lleva cuarenta años construyendo una arquitectura administrativa como base del clientelismo, cuya función real no es la que figura en el BOE.

Además, el Estado Autonómico multiplicó los centros de poder, los presupuestos, los organismos y las plazas. Y con ellos, multiplicó los favores, las lealtades y las facturas pendientes de cobro. Una mega agencia de colocación financiada con dinero público y legitimada con el lenguaje de la democracia.

No es corrupción en el sentido folclórico — maletines, conversaciones grabadas de madrugada. Eso es la versión cutre.

La versión estructural es más elegante y más devastadora: todo tiene firma, todo tiene acta, todo tiene una comisión que lo avala. Y todos saben que el resultado ya estaba pactado antes de que abriera el plazo de presentación de ofertas.

La baraja marcada

Aquí está el problema de verdad, el que nadie quiere nombrar.

No es que existan tahúres. Es que la mesa siempre está llena.

Pero sospecho que la sociedad española sabe que la baraja está marcada. Lo sabe el empresario que presenta la oferta sin esperanza pero por si acaso. Lo sabe el ciudadano que vota al mismo partido que lleva veinte años repartiendo contratos entre los suyos.

Lo sabe el funcionario, el periodista, el vecino de la comunidad de propietarios que pide el favor al concejal de turno.

Y todos se sientan a jugar.

Es decir, eso no es solo corrupción política. Es un pacto social tácito. Una forma de organizarse colectivamente donde la regla no escrita vale más que la escrita. Donde la meritocracia es el discurso y el clientelismo es el procedimiento.

La corrupción necesita corruptos. El clientelismo nos necesita a todos.

Una pregunta para llevarse a casa

¿Cuándo fue la última vez que participaste en algo sabiendo que estaba amañado?

¿Y por qué lo hiciste? ¿Te sientes estafado por todos?

No te pido que respondas aquí. Te pido que no respondas demasiado rápido cuando estés solo.

Sabes que el sistema de pensiones no tiene sentido tal y como está, pero tu madre es pensionista, pese a que tu hijo está con un contrato de mierda y lo tiene posibilidad digna de emanciparse.

 

Pero prefieres no hablar del tema.  Eso también es clientelismo.

 

¿A qué tienes miedo? ¿Te va razonablemente mejor que a tu vecino y por eso te conformas?

 

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