Disciplina militar para el ni-ni: esfuerzo, formación y dignidad sin excusas

por Abel Marín
ninis

Del sofá al cuartel: una provocación necesaria a un Ni-Ni

A más de un ni-ni les vendría bien un poco de disciplina militar. Y no lo digo en broma. Lo digo en voz alta, con el sarcasmo justo y la seriedad de quien ve cómo una generación se pudre entre pantallas, comodidades y victimismo.

No es militarizar, es rescatar

¿Y si el remedio no estuviera en un taller de autoestima sino en un cuartel a 500 kilómetros de casa, con la comida garantizada y el móvil en modo avioneta? La idea suena marcial, incluso rancia, pero hay que atreverse a pensarla.

Más de un padre nos daría las gracias, y más de un vecino también.

Una mili moderna para una juventud perdida

No se trata de militarizar la juventud. Se trata de rescatarla del nihilismo perezoso en el que ha caído.

Chavales de veintipocos que no estudian ni trabajan, que se autodiagnostican por TikTok y se autocompadecen con discursos de salud mental que son excusas disfrazadas. ¿Duro? Más duro es llegar a los treinta sin saber madrugar. También lo puedes subir a tu Insta (ironía).

Una mili moderna podría ser precisamente eso: no una instrucción con fusil y desfile, sino una cura de realidad.

Lecciones de esfuerzo, trabajo en equipo, responsabilidad. Tres comidas al día y cero likes. Rutina, silencio, jerarquía. Antídotos del caos interior.

Oficios reales, vidas útiles, adiós a la vida de Ni-Ni

En vez de subvencionar la molicie con paguitas y cursos de reinserción que no insertan nada, podríamos invertir en un servicio cívico obligatorio.

O mejor: selectivo. Que el ni-ni elija.

O sigues arrastrándote por el barrio con la Play bajo el brazo o te vienes seis meses a servir, a sudar, a levantarte a las seis y a ganarte la cena. Eso sí fuera pagas. ni-ni

Porque el problema no es que haya violencia. El problema es que hay blandura. Ni vocación, ni dureza, ni horizonte. Y eso no se cura con tutores, sino con botas firmes. A muchos les vendría mejor una instrucción que una beca. A muchos les sobra psicólogo y les falta sargento.

En el ejército se aprenden todos los oficios necesarios para la vida civil.

Desde logística hasta sanidad, pasando por mecánica, cocina, construcción, disciplina horaria y trabajo en equipo.

No es una pérdida de tiempo: es una inversión en utilidad. Reorientar el gasto de pagar por no hacer nada —paguitas— hacia empleos reales en el ejército sería, sinceramente, una apuesta por el futuro. Por dignificar al individuo en lugar de subvencionar su estancamiento.

También para ellas: feminismo sin cuartel

Y esto no va solo de chavales. También va de chavalas. De mujeres en igualdad. Porque si hablamos de derechos, también hablamos de deberes. La emancipación no es solo salir de casa, es salir de uno mismo. Y en eso, el ejército puede ser una escuela feroz y necesaria.

Hoy, las guerras no se libran solo con fusiles, sino con drones, inteligencia artificial y logística quirúrgica.

La fuerza física importa, pero no lo es todo. Lo que hace falta es coraje, constancia y cabeza. Y eso no entiende de cromosomas. El ejército, en su mejor versión, podría ser la herramienta perfecta para desmontar clichés de género: ni la mujer es débil, ni el hombre invulnerable.

Una disciplina igualitaria, sin cuotas ni concesiones. Formación militar y cívica donde no haya privilegios rosas ni exigencias azules. Porque el feminismo real —el que no pide indulgencia, sino respeto— no huye del esfuerzo: lo reivindica.

¿Te consideras empoderada? Perfecto. Demuéstralo con las botas puestas y la mochila al hombro, igual que tus compañeros. No como castigo, sino como conquista. Porque servir también puede ser un acto de libertad.

Para los de 45 que dicen no encontrar trabajo

Porque si con 45 años tienes cuerpo y ganas para prepararte una maratón, también los tienes para servir en algo más que tu propio ego. Lo que falta no es fuerza. Es voluntad. Y el ejército, en muchos casos, podría ser la excusa perfecta para recuperar ambas.

Muchos se quejan de que el mercado laboral les ha dado la espalda. Y no les falta razón: la precariedad no tiene edad. Pero también hay que mirarse al espejo. Si estás físicamente activo, si te mantienes entrenado, si puedes correr 20 kilómetros por asfalto, ¿de verdad no puedes aportar nada más que tu indignación?

Una reinserción real, útil, digna. No estamos hablando de reclutar viejas glorias para la guerra, sino de reconvertir energía desperdiciada en servicio civil o militar. Formación técnica, experiencia de vida y disciplina. Eso que no se enseña en los portales de empleo, pero que sí cuenta cuando hay que levantar algo serio.

El ejército no tiene por qué ser un destino para jóvenes extraviados. Puede ser también un refugio para adultos capaces, que aún tienen gasolina en el depósito pero a los que nadie quiere darles volante. Quizá sea hora de cambiar la pregunta. No “¿quién me da trabajo?”, sino “¿a qué puedo servir yo?”.

Gasto útil vs gasto inútil: el verdadero dilema

Y sí, lo sé: en otro artículo ya denuncié el desajuste de un gasto militar que crece mientras se desmantela el Estado del bienestar. Pero esto no es una contradicción, es un matiz. El problema no es gastar en defensa, sino gastar mal.

No es lo mismo inflar contratos con la industria armamentística que formar ciudadanos útiles. Un fusil no educa, pero un entorno disciplinado puede rescatar.

Infantilización o exigencia: en qué Estado queremos vivir

La alternativa a un Estado que te exige es un Estado que te infantiliza. Y eso no es progreso, es decadencia con pinta de libertad.

Quizá ha llegado el momento de dejar de mimar tanto al ni-ni. Y empezar a darle una razón para levantarse del sofá.

QUIZAS ASÍ EVITAMOS SEGUIR…

 «TRAGANDO SAPOS»

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