El espejismo del periodismo libre: entre la utopía y la propaganda

por Abel Marín
periodismo libre

Nos gusta romantizar la idea del periodismo libre como oficio imparcial, ese supuesto contrapeso del poder que vela por la verdad y la democracia. Pero, seamos sinceros: el periodismo, en la práctica, no es un “cuarto poder”, sino un brazo con marcado sesgo. Y no digo que no existan periodistas libres y ecuánimes —también hay jueces honestos y abogados decentes—, pero la excepción no borra la regla.

La verdad del ser humano es muy distinta de lo que el ser humano espera de sus semejantes. Nos creemos racionales, justos, incorruptibles… pero nuestra propia hipocresía nos resulta invisible. Queremos periodistas valientes, pero que no nos contradigan. Queremos la verdad, pero envuelta en celofán, cómoda, digerible.

El mito del periodismo libre y sus cadenas invisibles

La imparcialidad se ha convertido en el mito fundacional de un oficio que sobrevive más por inercia que por convicción. Los medios presumen de independencia mientras compiten por el favor de sus patrocinadores. Porque, seamos claros: ¿qué medio sobreviviría solo con las suscripciones de sus lectores y sin publicidad institucional ni corporativa? Sospecho que ninguno.

El modelo está agotado. La publicidad institucional —esa forma sutil de censura que paga por callar más que por informar— y las subvenciones públicas —la versión solidaria del mismo truco— deberían estar prohibidas de forma radical. No hay libertad cuando el presupuesto depende del político de turno.

El único patrocinador legítimo de un medio es su lector. Todo lo demás —ministerios, empresas, fundaciones o lobbies con nombre amable— convierte al periodista en un relaciones públicas con pretensiones morales.

Utopía o distopía: el rumbo que elegimos


Y sí, lo sé: pensar en un periodismo libre completamente independiente de influencias es una utopía.

Pero es mejor caminar hacia una utopía que resignarse a una distopía. La utopía, al menos, señala el rumbo; la distopía, simplemente te acomoda mientras te lleva al matadero.

El periodismo que no molesta, no informa: entretiene. Y la sociedad que no exige verdad, se merece propaganda.

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