El Estrecho Ormuz y el teatro de siempre: El relato que nos tragamos y cómo salir de la caja

por Abel Marín
ormuz

Ormuz, la película de la semana

El ser humano vive en el relato que decide tragarse. Es una constante histórica: las élites escriben y difunden un guion, y la mayoría de la sociedad lo asume como una verdad inamovible.

Que nadie se eche las manos a la cabeza; el poder siempre ha operado así, desde que el mundo es mundo.

La inmensa suerte que tenemos hoy es que, al vivir en países con libertad de expresión y de pensamiento, poseemos las herramientas para «salirnos de la caja». Podemos negarnos a participar en el pánico prefabricado y no caer en la eterna trampa de su relato. El pavor cíclico ante el posible cierre del Estrecho de Ormuz es, precisamente, una de las obras de teatro más rentables de la geopolítica moderna.

Ormuz, la película de la semana - Marioneta atada a un surtidor de gasolina

Ormuz, la película de la semana

La escenografía del Apocalipsis

El guion oficial —el que difunden los mercados y repiten los medios— dicta que si Ormuz se bloquea, el mundo se apaga. Los datos que sostienen esta puesta en escena son reales: por ese embudo transitan unos 21 millones de barriles diarios (el 21% del consumo global) y casi todo el gas natural licuado (GNL) de Qatar. Las alternativas, como el oleoducto Petroline saudí, apenas pueden desviar una fracción de ese flujo, dejando un déficit neto de unos 13 millones de barriles.

Técnicamente, el golpe es severo.

Pero aquí es donde el relato mediático hace aguas: nos venden la «insalvabilidad» del evento.

La realidad económica, sin embargo, nos dice que el sistema no colapsa, simplemente muta. Un barril a 200 dólares no es el fin del mundo; es un mecanismo de transferencia de riqueza que destruye la demanda de las clases medias y vuelve extremadamente rentables los pozos marginales de otras potencias. El capital siempre encuentra su salida.

Los directores de la obra del Estrecho de Ormuz y el chantaje moral su ¿cierre?

¿Por qué nos mantienen en este estado de tremendismo perpetuo? Porque el miedo es el mejor anestésico social. Mientras miramos con terror hacia el Golfo Pérsico y nos preocupamos por el desabastecimiento, aceptamos dócilmente nuestra servidumbre voluntaria.

Asumimos como una externalidad normal que nuestro bienestar dependa del humor de un régimen de fanáticos religiosos.

Esta claudicación moral es el verdadero problema. Financiar teocracias inhumanas y ceder nuestra soberanía energética es el sapo que nos obligan a tragar, camuflado bajo el eufemismo de la «estabilidad global».

El pensamiento crítico como legítima defensa

Irán nunca cerrará Ormuz de forma prolongada por una razón matemática: es su única vía de supervivencia económica. Un bloqueo total es un acto de guerra suicida. La amenaza constante es solo eso, una herramienta de manipulación que alimenta el relato de las élites para justificar la inflación, la pérdida de poder adquisitivo y el control social.

Ejercer el pensamiento libre hoy no es un pasatiempo intelectual, es pura legítima defensa. Consiste en mirar más allá de la pantalla, diseccionar por qué perdemos libertad o seguridad jurídica en nuestro día a día, y entender que la geopolítica del miedo es solo una herramienta de distracción.

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Ormuz no es el abismo, es solo el escenario donde nos miden el pulso y la sumisión. El teatro seguirá su curso, pero nosotros no tenemos por qué comprar la entrada.

Usemos nuestra libertad para pensar por cuenta propia, proteger nuestro patrimonio y salvaguardar nuestra dignidad individual frente al eterno relato de quienes mueven los hilos.

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